Abundancia

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No siempre las cosas son fáciles.

No siempre fluyen las energías como desearíamos, como sentimos que necesitamos. Este pequeño texto, escrito hace unos años, en un momento que después resultó ser muy especial; es un homenaje a la abundancia. Un llamado. La aceptación del vacío, como condición indispensable para recibir lo nuevo. 

Este texto, escrito hace algunos años, surgió espontáneamente, justo el día antes de saber que estaba embarazada. 

Lo comparto, con amor. 

 

“A veces la abundancia es algo tan simple como poner el mantel bueno, cubriendo la mesa entera.

O abrir todos los cojines del sofá, y estirarse como si fuera una cama para dos en mitad del salón. O más.

A veces la abundancia es añadir un toque de canela a las albóndigas, o una hoja de menta en el té.

O, sencillamente, abrir esa mañana más los ojos, porque cuanto más los entrecerramos, más mundo queda cubiertos por los párpados.

 

Hay veces que encontramos la abundancia en la nada absoluta. En el silencio. En la penumbra. En la suspensión de los sentidos que provoca dejarse mecer, flotando, en la superficie salada de un mar sin olas.

En las tardes eternas de verano en las que las horas se desgranan en un vacío perezoso, cómodo de existir.

En el aire de las montañas que no trae sonido alguno.

 

En el privilegio de una habitación vacía.

De un lienzo en blanco.

De una hoja de papel

sin estrenar.”

 

Como las olas del mar, la abundancia llega cuando se retira aquello que ya no nos sirve.

El aprendizaje, muchas veces, está en saber cómo dejar ir, para recibir. 

Feliz año Nuevo…

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Ana Martínez Acosta

Psicóloga
Crianza Consciente, Vida Consciente
http://www.amapsicologia.org

Mamá, ¿Existen los Reyes Magos?

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Todavía no.

Pero sé que, ni pronto ni tarde, cuando a mi hija le de por pensar, por atar cabos; y le desaparezca una pizca del velo de ilusión que le tiñe el mundo magia, nos hará la temida pregunta.

Habrá crecido.

Más de lo que nos imaginamos.

Me imagino la punzada de dolorcito, del paso del tiempo, que nos avisará de que la infancia va quedándose, poco a poco e irremediablemente, detrás. Y el orgullo, también, de sentir que nuestra pequeña se hace saludablemente grande.

Nos mirará con sus ojos infinitos de cielo, y querrá saber.

Tal vez no sea la primera vez que pregunte. Pero algo nos dirá, que esta es la definitiva.

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… Y me imagino…

Que la tomaré de la mano,

Y la llevaré fuera, a la ventana, a mirar el parque.

Es una mañana de Reyes, el sol ilumina sobre el frío de enero, y las familias han salido todas juntas, a disfrutar de los juguetes recién estrenados.

Le diré, “¿Qué ves, mi vida?

Y ella, me dirá, “Niños.”

Le diré, “¿Qué más?”

Me dirá, “Están jugando con sus juguetes nuevos”

… Cochecitos, muñecas, pelotas, patines, bicicletas, teledirigidos, peluches, walkie-talkies…

“…¿Y qué más?”

Seguramente, ella esté triste. Seguramente, no querrá seguir el juego…

Yo la ayudaré:

“Mira bien, cielo. Mira: Niños, niñas, juguetes… Y sus mamás, sus papás; abuelitos, abuelitas, titas… ¿los ves? Están allí, un poco más allá, ¿ves cómo los miran jugar? ¿Ves cómo se sonríen, cómo se aprietan la mano, suavito, como si ellos también, estuvieran celebrando un juego?

 

“Míralos… Seguramente, habrá muchos que trabajen largas horas, en algún empleo aburrido y cansado, para poder conseguir lo que están mirando esta mañana. Seguramente, te lo aseguro, muchos ni siquiera habrán podido conseguirlo ellos mismos, porque no tienen ni un empleo aburrido, ni un empleo estupendo, ni nada, y habrán necesitado de la ayuda de muchas otras personas para lograr esa sonrisa en sus hijas. Muchos de ellos no han recibido regalos, ellos mismos, porque no se podía para más… Y lo que había, era para los peques. O no, y lo han tenido fácil, fácil el comprar tanta ilusión y belleza, y hoy lo celebran mirando a sus hijos jugar, jugando con ellos, como todas las demás familias.

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Sea como sea, en cada una de esas casas, ha habido alguien que se ha levantado de madrugada, ha abierto un armario, o una caja en el trastero, o el maletero de un coche, y ha colocado, con todo su amor, un regalo en el salón de casa. Luego, han mirado las caritas de los niños dormidos, y se han emocionado soñando, ellos también, con la ilusión de la mañana siguiente. Da igual cuántas horas hayan tenido que trabajar antes, da igual los malabares que hayan tenido que hacer, o no, para lograr ese regalo, por pequeñito que sea… La mañana de Reyes será una mañana mágica, por ellos, y para todos.

…Me preguntas si existen los Reyes Magos, mi vida… Sí, existen. Mira bien: El parque está lleno de ellos.”

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Me imagino que lo entenderá. Más, o menos, pero entenderá que es un momento importante, también mágico, de ritual, de cambio.

Seguiremos creyendo en los Reyes Magos. Pero de ahora en adelante, ella tendrá, también, el privilegio y el honor de ser uno de ellos.

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Ana Martínez Acosta

Psicóloga infantil y familiar

Crianza Consciente, Vida Consciente.

http://www.amapsicologia.org

 

Bienvenida, Tristeza

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¿Qué tememos de la tristeza, que la huimos, la rechazamos, la disfrazamos, la negamos, la dejamos escondida, bien dentro, donde nadie (ni nosotras mismas) pueda verla…?

Esta semana os dejo un pequeño relato, de reconciliación con la tristeza, de apertura a sus mensajes. Deseo lo disfruten, triste o felizmente: Lo que sea que haya, bien estará.

Abrazos de luz!

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Bienvenida, tristeza

“Este instante.

En el que pienso escribirte una carta explicándote lo triste que, de repente, sin ninguna razón, me encuentro.

Y decido entonces aceptar mi tristeza, abrazarla, y sentarnos juntas a observar qué ocurre.

¿De dónde has venido, tristeza?

De muy lejos, me responde ella.

Estás cansada, ¿verdad?…

Sí, me dice.

Y se quiere vestir de muerte, para asustarme, para hacerse ver más todavía; para que no me olvide de ella, para darse importancia, para que la mire.

No hace falta que hagas eso, tristeza. Mira, ya estoy aprendiendo a mirarte sola. Te miro, te hablo, te escucho, escribo sobre ti. No hace falta que te disfraces de miedo y muerte. No es necesario que me amenaces: Ya te veo. Y está bien así; tampoco hace falta que te justifiques.

Simplemente, estás aquí, conmigo.

Ah, porque… No te equivoques: También sé que tú no eres yo.

Así que siéntate a mi lado

pero no encima mía.

¿Estás más tranquila?

Está un poco perpleja, quizás, me parece. Se ha quedado sin habla… Ah, no, espera: Mi tristeza no tiene boca para hablar. Tiene unos ojos grandes de agua… Es hermosa, mi tristeza.

Le acaricio el pelo. Largo, lacio, oscuro. Otra vez quiere darme miedo. ¡Qué cercana está del miedo, esta tristeza mía!

¿Será que me estoy confundiendo, y es miedo y no tristeza, lo que hay?

 

Tristeza se instala en mi pecho.

Ahí, justo en el medio, como una hija buscando consuelo en el regazo de una abuela.

Y sube por la garganta, hasta los ojos, y sale salada como un mar minúsculo en forma de lágrimas.

Ahí está, agarrada a mi pecho, a mi cuello; es ella la que tiene miedo, y no se quiere soltar.

Es inútil preguntarle por qué está aquí.

¿Acaso sabemos nosotras por qué existimos?…

Quizás pueda preguntarle con quién ha venido. Qué hermano mayor, qué pensamiento, la ha traído de la mano.

Y la mente se pone de contenta… ¡por fin va a fijarse en mí! ¡Ya era hora, deja de mirar para abajo, no te das cuenta de que las emociones bailan adonde Yo las lleve?!

Ah…. mente, mente, mi vieja amiga.

No te pongas ahora tú el traje de importante. No quieras asustarme con esa careta de amenaza. No pasa nada, ¿ves?, también me siento contigo. Hala, ya está, cada una a un lado.

Tristeza, mente, aquí estamos las tres.

Porque sí, es cierto: Yo no soy ninguna de vosotras.

Y no siendo ninguna de vosotras es como puedo veros. A mi lado. Y tomaros de la mano, y no dejarme llevar por vosotras, y no ahogarme en el torbellino de vuestra danza loca.

O si, cuando así lo decida; pero cuando lo decida yo.

Hoy no quiero bailar. (¿O sí?)

Hoy quiero veros, respirar con vosotras, daros vuestro espacio y permitíos caminar a mi lado, si os apetece acompañarme.

No voy a correr para dejaros atrás. Hoy no.

No voy a mirar hacia otro lado.

Sé que entonces sólo conseguiría que os pusierais todos vuestros trajes, que mente me acribille con pensamientos, que tristeza se aúpe en ellos y se asuste, y se agarre más fuerte a mi pecho; y todo eso no es necesario.

Tristeza, eres hermosa. Te miro y te acepto. Es cierto que yo no soy tú. Y también que eres parte de mí. Que eres, como la mente y el miedo, compañera mía.

Y si hoy quieres venir a visitarme, bienvenida seas.

No voy a luchar contra lo que quieras enseñarme.

Muéstramelo.

Aquí estoy, dispuesta a recibirlo.”

 

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En los niños, es importante validar todas sus emociones, y dejarles también su espacio. Los adultos tenemos la tarea de aprender a aceptar las nuestras, para poder aceptar y acompañar las de ellos.

 

Ana Martínez Acosta

Psicóloga, especialista en Infancia y Familia.

Crianza consciente, Vida Consciente.

http://www.amapsicologia.org

 

Nacer

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En el amanecer de los tiempos

la mujer se despertó sola.

Su vientre había crecido, hinchado, lleno de la luz de la semilla de su compañero.

La mujer esperó, con los ojos abiertos, en la cálida oscuridad de su refugio. Durante unos instantes, nada. El viento leve, el ulular del búho, la luna llenando el monte de plata. La respiración calmada aún, ausente, del hombre dormido a su lado.

Y entonces volvió el dolor. Atravesó en una ráfaga caliente la cintura, la espalda, los riñones. Expandida unos momentos, la contracción volvió de piedra el vientre. Luego, calladamente como había venido, se fue.

La mujer abrió los ojos de nuevo, el dolor los había cerrado. Los sintió brillar con una luz nueva, magnética, de tierra y de infinito. Sonrió en la noche, a pesar del dolor, por el dolor mismo.

Se sentó en las pieles y miró a su hombre. Aún dejó pasar otro dolor antes de despertarlo, suave, con una mano posada en su pecho.

-Amor

El hombre suspira.

Ya está llegando.

Y le coloca una mano grande, poderosa, en la redondez de su vientre para que pueda notar con ella la dureza de la siguiente contracción.

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Él abre los ojos. Muy abiertos, y la mira. La placidez de la mirada de ella (que se sabe entera, preparada, madura: Todo está encajando en su sitio), le da la tranquilidad que necesita.

A partir de entonces el hombre se crece, se vuelve roble, madera, cáñamo. Se convierte en abrazo de seda y en tronco de árbol, en dura rama de la que poder agarrarse, cuando las contracciones se vuelven gigantes, más allá del dolor.

 

Cada uno hace su viaje. La mujer se eleva, pierde consciencia del tiempo, del mundo, de lo terrenal. Gira con la luna hacia una danza salvaje, dejándose llevar por las dimensiones desconocidas del dolor; abriendo la voz al cielo al mismo tiempo que la matriz hacia la tierra.

El hombre hace crecer raíces bajo sus pies. Las asienta más allá de la tierra, en el centro mismo del mundo, caliente y poderoso; y toma de ahí su fuerza. Se planta sobre el suelo y reclama su poder: El del abrazo en el que refugiarse, el del cuerpo que sostiene, de los ojos que ven por los dos, las manos que sujetan para que ella pueda abandonarse. La acompaña en su dejarse ir, respirando con ella, sintiendo con ella, doliéndose y maravillándose con la misma fuerza, el mismo temor, el mismo poder ancestral de la noche de los tiempos.

Ella siente, desde la otra dimensión, la energía de su hombre sujetándola a este mundo. Sus palabras de aliento, sus besos, la fuerza de sus manos, la dureza de sus músculos que la aseguran al suelo, a la tierra, para no perderse.

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Grita una vez más, y un agua cálida baña su sexo y sus muslos. El hombre pone su mano en la espalda, y siente bajar el calor, la vida.

Ella se agacha. Él la sostiene por las manos.

El dolor adquiere una nueva dimensión. Se vuelve algo concreto, manejable. Hacia abajo, grita todo el cuerpo de ella; empuja. La mujer siente el trabajo del útero, la presencia de la criatura, los labios de la vagina ensanchándose. Empuja una vez más, la respiración contenida, ahora sí, toda la fuerza acompaña al bebé en su camino hacia afuera. La vagina arde un instante.

Ella se toca los labios, y siente en la mano la redondez aterciopelada de la cabeza de su hijo.

-Ya está aquí- , rescata palabras; ella también casi regresa al mundo, toma aliento para un nuevo pujo. Su hombre la mira, respirando con ella, apretándole las manos suave, firmemente: Estoy contigo.

Y en un instante, como un último suspiro, la niña se desliza fuera, suavemente. A él apenas le ha dado tiempo a verlo. La sostienen en las manos, la colocan en el pecho de ella, tumbada, apoyada en el hombre. Se miran.

El bebé tiene los ojos abiertos, oscuros, brillantes, serenos. Húmedo y cálido, desprende vapor en el fresco de la madrugada. El hombre se va y regresa con una piel para cubrirlos, a ella y al bebé, los arropa. Las abraza. Ella abraza a la pequeña y abraza a su hombre con la mirada, con la sonrisa. Él también sonríe.

Esa noche han nacido los tres. La bebé, la mujer-madre, y el hombre-padre. Los tres.

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Ana M.A.

Gracias, amor, por ser árbol en el que sostenerme.