El Síndrome de Pippi Calzaslargas. Sobre el amor, los límites y la libertad en la crianza respetuosa.

 

Tenía la casa más chula, el mono más chulo y el caballo más chulo del mundo entero.

Era y es el icono inconfundible de la libertad, la espontaneidad, la creatividad, la fuerza interior y la alegría desbordante.

Pintaba su casa como quería, se vestía como quería, comía cuando y donde le daba la gana, cocinaba disparates, dormía en cualquier sitio… ¡Pippi Langstrum molaba un montón!

… Y también, era una niña que vivía, comía, se vestía, cocinaba, y dormía… Sola.

pippisad

A lo largo de mi experiencia trabajando con familias, con diferentes tipos de estilos educativos y hábitos de crianza, he conocido padres y madres que, en pos de la libertad, la creatividad, la espontaneidad y el más profundo respeto por los procesos naturales de sus peques, los dejan tan libres, que… Los dejan solos.

No quiero decir con esto que yo esté, ni mucho menos, en contra del respeto por los procesos naturales, de la espontaneidad, la creatividad y la libertad de la infancia. Tengo el convencimiento profundo que un buen acompañamiento en la crianza, debe ser lo suficientemente holgado, como para dejar que todo lo bello y lo sabio que hay en el interior de nuestras hijas e hijos aflore. Y todo esto no es posible si la persona adulta está demasiado cerca.

Y también tengo el convencimiento, igualmente profundo, de que no es posible una crianza feliz, cuando la persona adulta está demasiado lejos.

niñapensando

A veces, la línea entre la libertad y el abandono es tan fina, que nos cuesta verla. Y tenemos nuestra propia pelea interna con los (muchas veces) temidos límites… Confundimos autoridad con autoritarismo, protección con invasión, cuidado con sobreprotección Nos hacemos un lío, y dejamos a nuestras peques, creativas, espontáneas, libres… Y solas.

Respetar los procesos naturales es también estar atentas a las señales que nos mandan nuestros peques. Es conocer, en cada momento, cuáles son sus necesidades de apoyo, de protección y de cuidado; y brindárselas con todo nuestro amor y respeto. Y los límites, adecuados, bien colocados, bien aplicados; apoyan, protegen, cuidan… y miman.

Si no, ¿cómo íbamos a contener, a sostener, a arropar, a abrazar…? En el abrazo, nuestros brazos son límites, que contienen y arropan la emoción.

perdonate2

Nuestra piel es el límite físico de nuestro cuerpo, y cuando nos falta, o está dañada, perdemos la barrera protectora de nuestro organismo: Cuando está demasiado seca, se agrieta y se resquebraja, luchando por dejar salir, o entrar, aquello que necesita intercambiar con el medio. Cuando la piel está sana, es flexible y permeable, permitiendo un intercambio saludable desde mi organismo, hacia el mundo.

Papá y mamá, o las personas adultas que están a mi alrededor, son esa piel que me contiene, me protege, me cuida; y que en una relación sana, es suficientemente flexible como para dejar pasar todo lo bueno que el mundo tiene para mostrarme, y todo lo bueno que yo tengo para aportar al mundo. 

Pippi Calzaslargas… No tenía piel.  

No tenía nadie que le dijera cómo hacer las cosas, qué comer, dónde dormir, o cómo vestirse. No tenía a nadie que le pintara la casa, nadie que le hiciera la comida, nadie que … Nadie.

Nadie a quien encontrar, cuando se cansara de pensarlo y de hacerlo todo a su manera, y necesitara un abrazo en donde descansar de tanta responsabilidad gigante que le había caído encima.

 

toddler.jpg

Ana Martínez Acosta

Psicóloga. Terapeuta Corporal Integrativa.

Familia, Educación y Crianza con Corazón

amapsicologia.org

 

 

Anuncios

Bienvenida, Tristeza

tristezamujer

 

¿Qué tememos de la tristeza, que la huimos, la rechazamos, la disfrazamos, la negamos, la dejamos escondida, bien dentro, donde nadie (ni nosotras mismas) pueda verla…?

Esta semana os dejo un pequeño relato, de reconciliación con la tristeza, de apertura a sus mensajes. Deseo lo disfruten, triste o felizmente: Lo que sea que haya, bien estará.

Abrazos de luz!

tristeza

Bienvenida, tristeza

“Este instante.

En el que pienso escribirte una carta explicándote lo triste que, de repente, sin ninguna razón, me encuentro.

Y decido entonces aceptar mi tristeza, abrazarla, y sentarnos juntas a observar qué ocurre.

¿De dónde has venido, tristeza?

De muy lejos, me responde ella.

Estás cansada, ¿verdad?…

Sí, me dice.

Y se quiere vestir de muerte, para asustarme, para hacerse ver más todavía; para que no me olvide de ella, para darse importancia, para que la mire.

No hace falta que hagas eso, tristeza. Mira, ya estoy aprendiendo a mirarte sola. Te miro, te hablo, te escucho, escribo sobre ti. No hace falta que te disfraces de miedo y muerte. No es necesario que me amenaces: Ya te veo. Y está bien así; tampoco hace falta que te justifiques.

Simplemente, estás aquí, conmigo.

Ah, porque… No te equivoques: También sé que tú no eres yo.

Así que siéntate a mi lado

pero no encima mía.

¿Estás más tranquila?

Está un poco perpleja, quizás, me parece. Se ha quedado sin habla… Ah, no, espera: Mi tristeza no tiene boca para hablar. Tiene unos ojos grandes de agua… Es hermosa, mi tristeza.

Le acaricio el pelo. Largo, lacio, oscuro. Otra vez quiere darme miedo. ¡Qué cercana está del miedo, esta tristeza mía!

¿Será que me estoy confundiendo, y es miedo y no tristeza, lo que hay?

 

Tristeza se instala en mi pecho.

Ahí, justo en el medio, como una hija buscando consuelo en el regazo de una abuela.

Y sube por la garganta, hasta los ojos, y sale salada como un mar minúsculo en forma de lágrimas.

Ahí está, agarrada a mi pecho, a mi cuello; es ella la que tiene miedo, y no se quiere soltar.

Es inútil preguntarle por qué está aquí.

¿Acaso sabemos nosotras por qué existimos?…

Quizás pueda preguntarle con quién ha venido. Qué hermano mayor, qué pensamiento, la ha traído de la mano.

Y la mente se pone de contenta… ¡por fin va a fijarse en mí! ¡Ya era hora, deja de mirar para abajo, no te das cuenta de que las emociones bailan adonde Yo las lleve?!

Ah…. mente, mente, mi vieja amiga.

No te pongas ahora tú el traje de importante. No quieras asustarme con esa careta de amenaza. No pasa nada, ¿ves?, también me siento contigo. Hala, ya está, cada una a un lado.

Tristeza, mente, aquí estamos las tres.

Porque sí, es cierto: Yo no soy ninguna de vosotras.

Y no siendo ninguna de vosotras es como puedo veros. A mi lado. Y tomaros de la mano, y no dejarme llevar por vosotras, y no ahogarme en el torbellino de vuestra danza loca.

O si, cuando así lo decida; pero cuando lo decida yo.

Hoy no quiero bailar. (¿O sí?)

Hoy quiero veros, respirar con vosotras, daros vuestro espacio y permitíos caminar a mi lado, si os apetece acompañarme.

No voy a correr para dejaros atrás. Hoy no.

No voy a mirar hacia otro lado.

Sé que entonces sólo conseguiría que os pusierais todos vuestros trajes, que mente me acribille con pensamientos, que tristeza se aúpe en ellos y se asuste, y se agarre más fuerte a mi pecho; y todo eso no es necesario.

Tristeza, eres hermosa. Te miro y te acepto. Es cierto que yo no soy tú. Y también que eres parte de mí. Que eres, como la mente y el miedo, compañera mía.

Y si hoy quieres venir a visitarme, bienvenida seas.

No voy a luchar contra lo que quieras enseñarme.

Muéstramelo.

Aquí estoy, dispuesta a recibirlo.”

 

movil Ana Diciembre 2015 027
En los niños, es importante validar todas sus emociones, y dejarles también su espacio. Los adultos tenemos la tarea de aprender a aceptar las nuestras, para poder aceptar y acompañar las de ellos.

 

Ana Martínez Acosta

Psicóloga, especialista en Infancia y Familia.

Crianza consciente, Vida Consciente.

http://www.amapsicologia.org