Taller “Una crianza respetuosa comienza por un adulto tranquilo”

¡AFORO COMPLETO PARA EL DÍA 7 DE MAYO! Se abre una segunda edición del taller para el MIÉRCOLES 16 DE MAYO. ¡No te quedes sin tu plaza!

Taller para padres, madres y personas educadoras

“UNA CRIANZA RESPETUOSA COMIENZA POR UN ADULTO TRANQUILO:

CÓMO CONSEGUIRLO.”

Claves para desarrollar la tranquilidad necesaria para criar con paciencia y amor.

¿A quién no le ha pasado, después de leer mil libros acerca de la crianza y la educación respetuosa, que perdemos la paciencia y todos nuestros buenos propósitos se nos derrumban en un momento? Lo primero que necesitamos para criar con respeto y amor, es estar bien nosotros mismos, y a partir de ahí, todo lo demás.

En este taller, veremos las claves más importantes para gestionar el estrés que produce la crianza, desarrollando una mayor tranquilidad; y cómo podemos aplicarlas a nuestra vida para que den un resultado efectivo.

Aprenderemos a tener a punto la herramienta más importante en la educación de nuestros hijos: Nosotros mismos y nuestras emociones.

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Dirigido a padres, madres y personas educadoras, de niños de cualquier edad.

Duración: 2 horas y media.

Imparte: Ana Martínez Acosta, psicóloga, especializada en familia y crianza respetuosa.

Contenidos:

  • El estrés emocional en la crianza.
  • Diez claves para desarrollar la tranquilidad en nuestro día a día.
  • Técnicas de relajación.

Fecha de realización: 16 de mayo 2018 (segunda edición del taller)

Lugar de realización: Escuela Infantil “El Lazarillo”, en el Parque Empresarial Nuevo Torneo, en Sevilla.

INSCRIPCIONES:

Teléfono:  659 29 98 82

Si deseas más información, puedes contactar conmigo en el 654 72 61 84, o escribirme tu comentario aquí abajo:

 

“Únicamente habitando nosotros la calma, seremos capaces de transmitírsela a nuestros hijos”

 

 

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El Síndrome de Pippi Calzaslargas. Sobre el amor, los límites y la libertad en la crianza respetuosa.

 

Tenía la casa más chula, el mono más chulo y el caballo más chulo del mundo entero.

Era y es el icono inconfundible de la libertad, la espontaneidad, la creatividad, la fuerza interior y la alegría desbordante.

Pintaba su casa como quería, se vestía como quería, comía cuando y donde le daba la gana, cocinaba disparates, dormía en cualquier sitio… ¡Pippi Langstrum molaba un montón!

… Y también, era una niña que vivía, comía, se vestía, cocinaba, y dormía… Sola.

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A lo largo de mi experiencia trabajando con familias, con diferentes tipos de estilos educativos y hábitos de crianza, he conocido padres y madres que, en pos de la libertad, la creatividad, la espontaneidad y el más profundo respeto por los procesos naturales de sus peques, los dejan tan libres, que… Los dejan solos.

No quiero decir con esto que yo esté, ni mucho menos, en contra del respeto por los procesos naturales, de la espontaneidad, la creatividad y la libertad de la infancia. Tengo el convencimiento profundo que un buen acompañamiento en la crianza, debe ser lo suficientemente holgado, como para dejar que todo lo bello y lo sabio que hay en el interior de nuestras hijas e hijos aflore. Y todo esto no es posible si la persona adulta está demasiado cerca.

Y también tengo el convencimiento, igualmente profundo, de que no es posible una crianza feliz, cuando la persona adulta está demasiado lejos.

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A veces, la línea entre la libertad y el abandono es tan fina, que nos cuesta verla. Y tenemos nuestra propia pelea interna con los (muchas veces) temidos límites… Confundimos autoridad con autoritarismo, protección con invasión, cuidado con sobreprotección Nos hacemos un lío, y dejamos a nuestras peques, creativas, espontáneas, libres… Y solas.

Respetar los procesos naturales es también estar atentas a las señales que nos mandan nuestros peques. Es conocer, en cada momento, cuáles son sus necesidades de apoyo, de protección y de cuidado; y brindárselas con todo nuestro amor y respeto. Y los límites, adecuados, bien colocados, bien aplicados; apoyan, protegen, cuidan… y miman.

Si no, ¿cómo íbamos a contener, a sostener, a arropar, a abrazar…? En el abrazo, nuestros brazos son límites, que contienen y arropan la emoción.

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Nuestra piel es el límite físico de nuestro cuerpo, y cuando nos falta, o está dañada, perdemos la barrera protectora de nuestro organismo: Cuando está demasiado seca, se agrieta y se resquebraja, luchando por dejar salir, o entrar, aquello que necesita intercambiar con el medio. Cuando la piel está sana, es flexible y permeable, permitiendo un intercambio saludable desde mi organismo, hacia el mundo.

Papá y mamá, o las personas adultas que están a mi alrededor, son esa piel que me contiene, me protege, me cuida; y que en una relación sana, es suficientemente flexible como para dejar pasar todo lo bueno que el mundo tiene para mostrarme, y todo lo bueno que yo tengo para aportar al mundo. 

Pippi Calzaslargas… No tenía piel.  

No tenía nadie que le dijera cómo hacer las cosas, qué comer, dónde dormir, o cómo vestirse. No tenía a nadie que le pintara la casa, nadie que le hiciera la comida, nadie que … Nadie.

Nadie a quien encontrar, cuando se cansara de pensarlo y de hacerlo todo a su manera, y necesitara un abrazo en donde descansar de tanta responsabilidad gigante que le había caído encima.

 

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Ana Martínez Acosta

Psicóloga. Terapeuta Corporal Integrativa.

Familia, Educación y Crianza con Corazón

amapsicologia.org

 

 

Mamá, ¿Existen los Reyes Magos?

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Todavía no.

Pero sé que, ni pronto ni tarde, cuando a mi hija le de por pensar, por atar cabos; y le desaparezca una pizca del velo de ilusión que le tiñe el mundo magia, nos hará la temida pregunta.

Habrá crecido.

Más de lo que nos imaginamos.

Me imagino la punzada de dolorcito, del paso del tiempo, que nos avisará de que la infancia va quedándose, poco a poco e irremediablemente, detrás. Y el orgullo, también, de sentir que nuestra pequeña se hace saludablemente grande.

Nos mirará con sus ojos infinitos de cielo, y querrá saber.

Tal vez no sea la primera vez que pregunte. Pero algo nos dirá, que esta es la definitiva.

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… Y me imagino…

Que la tomaré de la mano,

Y la llevaré fuera, a la ventana, a mirar el parque.

Es una mañana de Reyes, el sol ilumina sobre el frío de enero, y las familias han salido todas juntas, a disfrutar de los juguetes recién estrenados.

Le diré, “¿Qué ves, mi vida?

Y ella, me dirá, “Niños.”

Le diré, “¿Qué más?”

Me dirá, “Están jugando con sus juguetes nuevos”

… Cochecitos, muñecas, pelotas, patines, bicicletas, teledirigidos, peluches, walkie-talkies…

“…¿Y qué más?”

Seguramente, ella esté triste. Seguramente, no querrá seguir el juego…

Yo la ayudaré:

“Mira bien, cielo. Mira: Niños, niñas, juguetes… Y sus mamás, sus papás; abuelitos, abuelitas, titas… ¿los ves? Están allí, un poco más allá, ¿ves cómo los miran jugar? ¿Ves cómo se sonríen, cómo se aprietan la mano, suavito, como si ellos también, estuvieran celebrando un juego?

 

“Míralos… Seguramente, habrá muchos que trabajen largas horas, en algún empleo aburrido y cansado, para poder conseguir lo que están mirando esta mañana. Seguramente, te lo aseguro, muchos ni siquiera habrán podido conseguirlo ellos mismos, porque no tienen ni un empleo aburrido, ni un empleo estupendo, ni nada, y habrán necesitado de la ayuda de muchas otras personas para lograr esa sonrisa en sus hijas. Muchos de ellos no han recibido regalos, ellos mismos, porque no se podía para más… Y lo que había, era para los peques. O no, y lo han tenido fácil, fácil el comprar tanta ilusión y belleza, y hoy lo celebran mirando a sus hijos jugar, jugando con ellos, como todas las demás familias.

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Sea como sea, en cada una de esas casas, ha habido alguien que se ha levantado de madrugada, ha abierto un armario, o una caja en el trastero, o el maletero de un coche, y ha colocado, con todo su amor, un regalo en el salón de casa. Luego, han mirado las caritas de los niños dormidos, y se han emocionado soñando, ellos también, con la ilusión de la mañana siguiente. Da igual cuántas horas hayan tenido que trabajar antes, da igual los malabares que hayan tenido que hacer, o no, para lograr ese regalo, por pequeñito que sea… La mañana de Reyes será una mañana mágica, por ellos, y para todos.

…Me preguntas si existen los Reyes Magos, mi vida… Sí, existen. Mira bien: El parque está lleno de ellos.”

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Me imagino que lo entenderá. Más, o menos, pero entenderá que es un momento importante, también mágico, de ritual, de cambio.

Seguiremos creyendo en los Reyes Magos. Pero de ahora en adelante, ella tendrá, también, el privilegio y el honor de ser uno de ellos.

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Ana Martínez Acosta

Psicóloga infantil y familiar

Crianza Consciente, Vida Consciente.

http://www.amapsicologia.org

 

Bienvenida, Tristeza

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¿Qué tememos de la tristeza, que la huimos, la rechazamos, la disfrazamos, la negamos, la dejamos escondida, bien dentro, donde nadie (ni nosotras mismas) pueda verla…?

Esta semana os dejo un pequeño relato, de reconciliación con la tristeza, de apertura a sus mensajes. Deseo lo disfruten, triste o felizmente: Lo que sea que haya, bien estará.

Abrazos de luz!

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Bienvenida, tristeza

“Este instante.

En el que pienso escribirte una carta explicándote lo triste que, de repente, sin ninguna razón, me encuentro.

Y decido entonces aceptar mi tristeza, abrazarla, y sentarnos juntas a observar qué ocurre.

¿De dónde has venido, tristeza?

De muy lejos, me responde ella.

Estás cansada, ¿verdad?…

Sí, me dice.

Y se quiere vestir de muerte, para asustarme, para hacerse ver más todavía; para que no me olvide de ella, para darse importancia, para que la mire.

No hace falta que hagas eso, tristeza. Mira, ya estoy aprendiendo a mirarte sola. Te miro, te hablo, te escucho, escribo sobre ti. No hace falta que te disfraces de miedo y muerte. No es necesario que me amenaces: Ya te veo. Y está bien así; tampoco hace falta que te justifiques.

Simplemente, estás aquí, conmigo.

Ah, porque… No te equivoques: También sé que tú no eres yo.

Así que siéntate a mi lado

pero no encima mía.

¿Estás más tranquila?

Está un poco perpleja, quizás, me parece. Se ha quedado sin habla… Ah, no, espera: Mi tristeza no tiene boca para hablar. Tiene unos ojos grandes de agua… Es hermosa, mi tristeza.

Le acaricio el pelo. Largo, lacio, oscuro. Otra vez quiere darme miedo. ¡Qué cercana está del miedo, esta tristeza mía!

¿Será que me estoy confundiendo, y es miedo y no tristeza, lo que hay?

 

Tristeza se instala en mi pecho.

Ahí, justo en el medio, como una hija buscando consuelo en el regazo de una abuela.

Y sube por la garganta, hasta los ojos, y sale salada como un mar minúsculo en forma de lágrimas.

Ahí está, agarrada a mi pecho, a mi cuello; es ella la que tiene miedo, y no se quiere soltar.

Es inútil preguntarle por qué está aquí.

¿Acaso sabemos nosotras por qué existimos?…

Quizás pueda preguntarle con quién ha venido. Qué hermano mayor, qué pensamiento, la ha traído de la mano.

Y la mente se pone de contenta… ¡por fin va a fijarse en mí! ¡Ya era hora, deja de mirar para abajo, no te das cuenta de que las emociones bailan adonde Yo las lleve?!

Ah…. mente, mente, mi vieja amiga.

No te pongas ahora tú el traje de importante. No quieras asustarme con esa careta de amenaza. No pasa nada, ¿ves?, también me siento contigo. Hala, ya está, cada una a un lado.

Tristeza, mente, aquí estamos las tres.

Porque sí, es cierto: Yo no soy ninguna de vosotras.

Y no siendo ninguna de vosotras es como puedo veros. A mi lado. Y tomaros de la mano, y no dejarme llevar por vosotras, y no ahogarme en el torbellino de vuestra danza loca.

O si, cuando así lo decida; pero cuando lo decida yo.

Hoy no quiero bailar. (¿O sí?)

Hoy quiero veros, respirar con vosotras, daros vuestro espacio y permitíos caminar a mi lado, si os apetece acompañarme.

No voy a correr para dejaros atrás. Hoy no.

No voy a mirar hacia otro lado.

Sé que entonces sólo conseguiría que os pusierais todos vuestros trajes, que mente me acribille con pensamientos, que tristeza se aúpe en ellos y se asuste, y se agarre más fuerte a mi pecho; y todo eso no es necesario.

Tristeza, eres hermosa. Te miro y te acepto. Es cierto que yo no soy tú. Y también que eres parte de mí. Que eres, como la mente y el miedo, compañera mía.

Y si hoy quieres venir a visitarme, bienvenida seas.

No voy a luchar contra lo que quieras enseñarme.

Muéstramelo.

Aquí estoy, dispuesta a recibirlo.”

 

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En los niños, es importante validar todas sus emociones, y dejarles también su espacio. Los adultos tenemos la tarea de aprender a aceptar las nuestras, para poder aceptar y acompañar las de ellos.

 

Ana Martínez Acosta

Psicóloga, especialista en Infancia y Familia.

Crianza consciente, Vida Consciente.

http://www.amapsicologia.org

 

Nacer

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En el amanecer de los tiempos

la mujer se despertó sola.

Su vientre había crecido, hinchado, lleno de la luz de la semilla de su compañero.

La mujer esperó, con los ojos abiertos, en la cálida oscuridad de su refugio. Durante unos instantes, nada. El viento leve, el ulular del búho, la luna llenando el monte de plata. La respiración calmada aún, ausente, del hombre dormido a su lado.

Y entonces volvió el dolor. Atravesó en una ráfaga caliente la cintura, la espalda, los riñones. Expandida unos momentos, la contracción volvió de piedra el vientre. Luego, calladamente como había venido, se fue.

La mujer abrió los ojos de nuevo, el dolor los había cerrado. Los sintió brillar con una luz nueva, magnética, de tierra y de infinito. Sonrió en la noche, a pesar del dolor, por el dolor mismo.

Se sentó en las pieles y miró a su hombre. Aún dejó pasar otro dolor antes de despertarlo, suave, con una mano posada en su pecho.

-Amor

El hombre suspira.

Ya está llegando.

Y le coloca una mano grande, poderosa, en la redondez de su vientre para que pueda notar con ella la dureza de la siguiente contracción.

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Él abre los ojos. Muy abiertos, y la mira. La placidez de la mirada de ella (que se sabe entera, preparada, madura: Todo está encajando en su sitio), le da la tranquilidad que necesita.

A partir de entonces el hombre se crece, se vuelve roble, madera, cáñamo. Se convierte en abrazo de seda y en tronco de árbol, en dura rama de la que poder agarrarse, cuando las contracciones se vuelven gigantes, más allá del dolor.

 

Cada uno hace su viaje. La mujer se eleva, pierde consciencia del tiempo, del mundo, de lo terrenal. Gira con la luna hacia una danza salvaje, dejándose llevar por las dimensiones desconocidas del dolor; abriendo la voz al cielo al mismo tiempo que la matriz hacia la tierra.

El hombre hace crecer raíces bajo sus pies. Las asienta más allá de la tierra, en el centro mismo del mundo, caliente y poderoso; y toma de ahí su fuerza. Se planta sobre el suelo y reclama su poder: El del abrazo en el que refugiarse, el del cuerpo que sostiene, de los ojos que ven por los dos, las manos que sujetan para que ella pueda abandonarse. La acompaña en su dejarse ir, respirando con ella, sintiendo con ella, doliéndose y maravillándose con la misma fuerza, el mismo temor, el mismo poder ancestral de la noche de los tiempos.

Ella siente, desde la otra dimensión, la energía de su hombre sujetándola a este mundo. Sus palabras de aliento, sus besos, la fuerza de sus manos, la dureza de sus músculos que la aseguran al suelo, a la tierra, para no perderse.

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Grita una vez más, y un agua cálida baña su sexo y sus muslos. El hombre pone su mano en la espalda, y siente bajar el calor, la vida.

Ella se agacha. Él la sostiene por las manos.

El dolor adquiere una nueva dimensión. Se vuelve algo concreto, manejable. Hacia abajo, grita todo el cuerpo de ella; empuja. La mujer siente el trabajo del útero, la presencia de la criatura, los labios de la vagina ensanchándose. Empuja una vez más, la respiración contenida, ahora sí, toda la fuerza acompaña al bebé en su camino hacia afuera. La vagina arde un instante.

Ella se toca los labios, y siente en la mano la redondez aterciopelada de la cabeza de su hijo.

-Ya está aquí- , rescata palabras; ella también casi regresa al mundo, toma aliento para un nuevo pujo. Su hombre la mira, respirando con ella, apretándole las manos suave, firmemente: Estoy contigo.

Y en un instante, como un último suspiro, la niña se desliza fuera, suavemente. A él apenas le ha dado tiempo a verlo. La sostienen en las manos, la colocan en el pecho de ella, tumbada, apoyada en el hombre. Se miran.

El bebé tiene los ojos abiertos, oscuros, brillantes, serenos. Húmedo y cálido, desprende vapor en el fresco de la madrugada. El hombre se va y regresa con una piel para cubrirlos, a ella y al bebé, los arropa. Las abraza. Ella abraza a la pequeña y abraza a su hombre con la mirada, con la sonrisa. Él también sonríe.

Esa noche han nacido los tres. La bebé, la mujer-madre, y el hombre-padre. Los tres.

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Ana M.A.

Gracias, amor, por ser árbol en el que sostenerme.