Mamá, ¿Existen los Reyes Magos?

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Todavía no.

Pero sé que, ni pronto ni tarde, cuando a mi hija le de por pensar, por atar cabos; y le desaparezca una pizca del velo de ilusión que le tiñe el mundo magia, nos hará la temida pregunta.

Habrá crecido.

Más de lo que nos imaginamos.

Me imagino la punzada de dolorcito, del paso del tiempo, que nos avisará de que la infancia va quedándose, poco a poco e irremediablemente, detrás. Y el orgullo, también, de sentir que nuestra pequeña se hace saludablemente grande.

Nos mirará con sus ojos infinitos de cielo, y querrá saber.

Tal vez no sea la primera vez que pregunte. Pero algo nos dirá, que esta es la definitiva.

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… Y me imagino…

Que la tomaré de la mano,

Y la llevaré fuera, a la ventana, a mirar el parque.

Es una mañana de Reyes, el sol ilumina sobre el frío de enero, y las familias han salido todas juntas, a disfrutar de los juguetes recién estrenados.

Le diré, “¿Qué ves, mi vida?

Y ella, me dirá, “Niños.”

Le diré, “¿Qué más?”

Me dirá, “Están jugando con sus juguetes nuevos”

… Cochecitos, muñecas, pelotas, patines, bicicletas, teledirigidos, peluches, walkie-talkies…

“…¿Y qué más?”

Seguramente, ella esté triste. Seguramente, no querrá seguir el juego…

Yo la ayudaré:

“Mira bien, cielo. Mira: Niños, niñas, juguetes… Y sus mamás, sus papás; abuelitos, abuelitas, titas… ¿los ves? Están allí, un poco más allá, ¿ves cómo los miran jugar? ¿Ves cómo se sonríen, cómo se aprietan la mano, suavito, como si ellos también, estuvieran celebrando un juego?

 

“Míralos… Seguramente, habrá muchos que trabajen largas horas, en algún empleo aburrido y cansado, para poder conseguir lo que están mirando esta mañana. Seguramente, te lo aseguro, muchos ni siquiera habrán podido conseguirlo ellos mismos, porque no tienen ni un empleo aburrido, ni un empleo estupendo, ni nada, y habrán necesitado de la ayuda de muchas otras personas para lograr esa sonrisa en sus hijas. Muchos de ellos no han recibido regalos, ellos mismos, porque no se podía para más… Y lo que había, era para los peques. O no, y lo han tenido fácil, fácil el comprar tanta ilusión y belleza, y hoy lo celebran mirando a sus hijos jugar, jugando con ellos, como todas las demás familias.

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Sea como sea, en cada una de esas casas, ha habido alguien que se ha levantado de madrugada, ha abierto un armario, o una caja en el trastero, o el maletero de un coche, y ha colocado, con todo su amor, un regalo en el salón de casa. Luego, han mirado las caritas de los niños dormidos, y se han emocionado soñando, ellos también, con la ilusión de la mañana siguiente. Da igual cuántas horas hayan tenido que trabajar antes, da igual los malabares que hayan tenido que hacer, o no, para lograr ese regalo, por pequeñito que sea… La mañana de Reyes será una mañana mágica, por ellos, y para todos.

…Me preguntas si existen los Reyes Magos, mi vida… Sí, existen. Mira bien: El parque está lleno de ellos.”

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Me imagino que lo entenderá. Más, o menos, pero entenderá que es un momento importante, también mágico, de ritual, de cambio.

Seguiremos creyendo en los Reyes Magos. Pero de ahora en adelante, ella tendrá, también, el privilegio y el honor de ser uno de ellos.

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Ana Martínez Acosta

Psicóloga infantil y familiar

Crianza Consciente, Vida Consciente.

http://www.amapsicologia.org

 

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Esta Navidad, regala a tus hijos lo que realmente necesitan: Sé feliz.

 

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Esta Navidad, puedes comprar regalos. Regalos caros, o regalos sencillos. Esta Navidad, puedes pasar más tiempo con los tuyos, darles más abrazos, visitar Belenes, o a Papá Noel en el centro comercial. Esta Navidad, puedes hacer colas interminables para patinar en el hielo, o ir a ver las luces en las calles, ir a visitar a los abuelos, hacer un gran viaje, o quedarte en casa.

Esta Navidad puedes hacer muchas cosas. O tal vez no tantas: Puede que acabes de ser mamá por primera, segunda o tercera vez. Puede que hayas tenido un parto complicado, o no, que tu nuevo bebé te ocupe todas las horas preciosas que te encantaría dedicar también a tus hijos mayores. Puede que tengas un trabajo que no te permita eso que parece tan complicado, “conciliar” la vida familiar y la laboral; puede que esta Navidad estés trabajando en los turnos que nadie quiere, precisamente porque eres mujer, y madre, y acabas de regresar de una baja por maternidad; y los demás te llevan la delantera. O que seas papá, y que tengas que hacer todos los turnos que nadie quiere, precisamente porque eres hombre, porque eres padre, y porque nadie más en casa puede compartir contigo la responsabilidad de llevar un sueldo a casa, para poder vivir.

Pueden… Tantas cosas.

Y en mitad de todas nuestras posibilidades, nuestro deseo más importante: Que nuestros hijos pasen la mejor Navidad del mundo.

Y por ellos trabajamos, o no, nos quedamos en casa, o no; compramos regalos, jugamos con ellos, visitamos belenes, papá noeles y luces de Navidad…

Y nos “sacrificamos” por ellos…

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¿Qué necesitan nuestros hijos de nosotros?

A nosotros.

Pero no un “nosotros” cualquiera. Un nosotros que sea capaz de transmitir la misma felicidad, que queremos para ellos. Que sea capaz de realmente estar ahí, cuando estemos, aunque sea un ratito antes de que despierte el nuevo bebé, o antes de que se acuesten ellos, al volver de trabajar. Que sea capaz de realmente jugar, y bailar, y sonreír, y abrazar… Desde el corazón, de verdad, sintiendo lo que hacemos.

Y para poder hacer esto, es mucho más fácil (yo no conozco otra manera…), siendo un adulto feliz.

No sirve de nada sentir que nos “sacrificamos” por nuestros hijos. Ellos no van a ver (solamente) la gran casa de muñecas que le hemos puesto bajo el árbol… …Van a ver nuestra expresión de cansancio, por todas las horas extra que hemos tenido que hacer, para poder comprarla.

No van a entender por qué estamos enfadadas, si nos hemos venido directamente del trabajo a casa, para pasar el máximo tiempo posible con ellos, sin tomarnos siquiera el lujo momentáneo de unirnos a las compis de trabajo, que se quedaban a tomar una copa o dos. Con las ganas (en realidad) que tenía de quedarme aunque fuera un ratito.

Y además, existe el peligro de creer, que ellos han de entender que sí, estamos cansados, estresados y refunfuñones, pero que lo hacemos por ellos. ¡No nos equivoquemos! A ellos no les sirve de nada eso. O sí, les sirve, para sentir el enorme peso de la responsabilidad, de ser (¡encima!) los causantes de nuestro cansancio (“¡Lo que tengo que hacer por ti…!” “Lo que tiene que hacer por mi…” Glups.)

Tal vez, una casita menos grande, una noche sin el besito de mamá; y una sonrisa desde el corazón, de un papá menos cansado, de una mamá más relajada (aunque sea a la mañana siguiente)… Serían un regalo mucho mejor.

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Un adulto feliz es una persona paciente. Un adulto feliz es una persona creativa, con ganas de jugar, de experimentar, de dejarse llevar. Un adulto feliz, es una persona que puede disfrutar del momento presente, con mucha más facilidad que un adulto infeliz, agotado, sin alegría.

Esta Navidad, podemos hacer muchas cosas. Y lo más grande que podemos hacer, es decidir qué queremos hacer con todo eso que tenemos. Con todo lo que nos rodea. Con nuestras circunstancias, mejores o peores, o incluso terribles… Siempre, siempre, tenemos poder para decidir cómo afronto, cómo me tomo, lo que me está sucediendo.

Y el regalo más grande que podemos entregar a nuestros hijos, en esta Navidad, y siempre, es decidir ser felices. Lo demás, llega solo.

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¡Ah! Viene entonces la gran pregunta, quizás…

…¿Cómo hago, para ser feliz?

Buen comienzo.

Bienvenida a ti.

(Tus hijos te agradecerán el viaje)

Feliz Navidad.

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Ana Martínez Acosta

 Psicóloga. Especialista en Crianza Consciente.
http://www.AMApsicologia.org